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La mejor manera de dominar a un pueblo es lograr que éste acepte su posición de inferioridad. De estasports-pictures-james-harrison forma se evitan revoluciones y retos a la autoridad. Cuando esto no se logra, o cuando esto desaparece, el opresor se aterroriza.

Durante muchas décadas, el gobierno de los Estados Unidos tenía todo el aparato legal a su favor para controlar la población afro-americana: primero la esclavitud y luego la segregación racial. En ambas instancias, la población caucásica se valía de la aceptación tácita de l@s afro-american@s de su situación de inferioridad. H.A. Bullock lo describe de esta forma:

For most Negroes, no overt expression of rebellion came at  all;  in  fact,  some  of these were  aggressively  cooperative  in defending  the  prevailing customs. Whites thought  of these as ‘safe’  Negroes, the  type who could be counted upon  to employ  their  influence  in  the  task  of keeping  other  Negroes  satisfied  with  the existing caste requirements… (citado en Michael Meyers y John Nidiry, 2004, p. 273)

Pero no tod@s l@s afro-american@s eran “safe negroes”. Había algun@s que sabían que su supuesta inferioridad era un mito perpetuado por una población que quería controlarles. A estos se les llamaba “uppity negroes”:
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Desde afuera parece que en Puerto Rico se vive un nacionalismo intenso; un nacionalismo contestatario propio de un pueblo que conoce su valor y no permite que le pisen continuamente. ¿Y quién puede culpar a aquell@s que piensan eso? Después de todo, ¿a qué otra conclusión pueden llegar al ver las imágenes de las caravanas de recibimiento a Tito Trinidad, a Denise Quiñones o a Javier Culson?

Sin embargo, estos eventos, lejos de evidenciar un nacionalismo político saludable, demuestran todo lo contrario: un nacionalismo cultural vacío e inofensivo.
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En nuestras sociedades, la masculinidad se construye, en muchas ocasiones, en directa oposición a lvictorortiza femineidad. Este fenómeno es problemático en tanto y en cuanto el género no debería ser una composición estática que se le fuerza a una persona según sus órganos sexuales. No obstante, a lo largo de nuestra historia contemporánea, así se ha hecho. Es por esta razón que en la mente de muchas personas en el mundo sólo existen dos géneros aceptables. Estos dos géneros tienen sus características y éstas son inamovibles: los hombres son fuertes (masculinos) y las mujeres son suaves y débiles (femeninas). Donald Sabo (1994) explica: “The hardness-softness dichotomy echoes and fortifies stereotypes of masculinity and femininity. To be ‘hard’ means being more manly than the next guy, who is said to be ‘soft’ and more feminine.”[1] Esto implica que para ser un hombre de verdad, hay que demostrar que uno puede con el dolor, que uno no es “débil” y que para defender esa masculinidad está dispuesto a morir antes que flaquear ante el dolor. Basándose en esa definición macabra, Victor Ortiz no es un hombre.

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Aunque la función de este blog es darle una mirada crítica al mundo deportivo, tiene que haber espacio, también, para celebrar los triunfos de nuestros atletas.

Ser un país pequeño con pocos recursos nos garantiza muchas decepciones. Sin embargo, esa misma condición es la que hace que podamos celebrar a todo pulmón aquellos momentos en que salimos victoriosos en el deporte internacional. Hoy tuve la oportunidad de celebrar, literalmente a todo pulmón (espero que ningun@ de mis vecin@s llame a la policía), la medalla de plata que logró el joven ponceño Javier Culson en los 400 metros con vallas del Mundial de Atletismo.

JAVIER CULSON

Culson es el primer puertorriqueño en la historia en siquiera llegar a la final de un mundial de atletismo. Pero el boricua no se contentó con simplemente llegar a esa última competencia, sino que se proclamó como el segundo hombre más rápido del mundo en ese evento. Felicidades por esa medalla de PLATA y esperamos que este sea el principio de muchos logros más!

culson

Una mayoría considerable de l@s puertorriqueñ@s busca mantenerse unid@s (sea buscando la estaddannyidad o apoyando el status quo) a un país que nos desprecia; a un país que, constantemente, ha demostrado que sólo le importa Puerto Rico cuando le afecta directamente sus intereses. Así funciona el colonialismo.

La filósofa y teórica Kelly Oliver explica este fenómeno en su libro The Colonization of the Psychic Space: “Ironically, those marginalized seek love and recognition from the very culture that rejects them as inferior. The dominant values with which they are raised cannot but affect them; they cannot but internalize those values as valuable” (p.94).

Este mal que nos aflige a l@s puertorriqueñ@s no se queda en las urnas ni en las legislaciones sin sentido que hacen nuestr@s legisladores/as, sino que se manifiesta en nuestro comportamiento cotidiano. Se manifiesta en cosas como la obsesión de la Selección Nacional de Baloncesto en perseguir a Danny Santiago.

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ping pong 2Las mujeres, hoy día, tienen más poderes y más derechos que en ningún otro momento de nuestra historia. Sin embargo, lejos de haber alcanzado un terreno de juego justo que garantiza la equidad de ambos sexos, las mujeres todavía tienen que soportar doble varas, “glass ceilings” y la sub-valoración de muchas áreas que se conocen como “femeninas” o de sus incursiones en áreas tradicionalmente “masculinas”. Este es el caso de muchas mujeres deportistas.

En las olimpiadas veraniegas del 2008 en Pekín, se formó una controversia en torno a los uniformes que utilizan las jugadoras de tenis de mesa (ping pong). Claude Bergeret, la presidenta de la Federación Internacional de Tenis de Mesa (ITTF por sus siglas en inglés), dijo que la Federación estaba “…trying to push the players to use skirts and also nicer shirts, not the shirts that are made for men, but ones with more curves,” (Reuters) Según Bergeret, así aumentarían las audiencias y l@s seguidores/as del tenis de mesa. Demás está decir que, para mí, esta proposición es problemática por donde quiera que se agarre.

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No podía creer cuando me senté a buscar dos taquillas en el site de Ticketmaster y la página me decía “Sorry, no matches were found”. Lo intenté en varias ocasiones pensando que, de seguro, sería un error. Después de todo, ¿cuántos fanáticos podría tener el Toronto FC (TFC)? Llevo dos años viviendo en Ontario y, fuera del hockey, l@s canadienses que he conocido aquí no son muy apasionad@s con el deporte.  Entonces, ¿cómo podría ser que el juego entre el Toronto FC y el Puerto Rico Islanders (PRI) estuviera completamente vendido? Llamé al estadio y una operadora me dejó saber que sólo quedaban algunas taquillas sencillas regadas. CIslanders1omo quería ir con mi novia, eso no era una opción viable. Finalmente, logré conseguir las taquillas en Ebay.

Pero aún después de haber conseguido las entradas, no podía creer lo que estaba pasando. Yo iba a tener la oportunidad que muchísimos puertorriqueñ@s en otros tiempos no tuvieron: ir a ver un equipo profesional de fútbol que representara a nuestro país. No importa cuan larga sea la historia del fútbol en Borinquen (así evidenciada por los varios tomos de Fútbol puertorriqueño de Luis Reinaldo Álvarez y Tony Lorente), no creo que nada se compare al fenómeno del PRI.

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Mark McGuire

No es coincidencia que el deporte estadounidense esté pasando por la llamada “era de los esteroides”. Conociendo el contexto socio-económico de los Estados Unidos, me parece perfectamente natural y nada sorprendente. En cierto modo, me molestan más las personas que condenan esta tendencia pero no dejan de patrocinar la industria que está en la raíz del problema.

Antes de continuar, me gustaría hacer una aclaración. Quisiera dejar establecido que no me considero un “marxista vulgar”[1]. Aunque, como verán en este artículo, sí entiendo el papel importante del sistema económico en las sociedades, también reconozco que existen otras fuentes de conflicto en el mundo como las políticas de la identidad – la raza, el género, el sexo, etc -, la cultura, la religión, entre otras. Sin embargo, a la hora de analizar la era de los esteroides en Estados Unidos, me parece importante tener en cuenta el sistema económico en el que existen los deportistas[2] profesionales de este país.

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[Nota: Es posible que las notas al calce no funcionen bien así que les recomiendo que vayan al final del documento a buscarlas]

Cada vez que hay una pelea de boxeo entre un puertorriqueño y un mexicano pasa lo mismo: comienzan a volar los insultos y las burlas entre los integrantes de dos naciones que, idealmente, deberían tratarse como buen@s herman@s. Y es que aunque una rivalidad siempre hace una competencia más interesante, la rivalidad entre México y Puerto Rico, mantenida y cultivada por los grandes intereses del deporte, trasciende el boxeo de forma vitriólica.

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El advenimiento de los movimientos teóricos postestructuralistas y postmodernos ha traído consigo el cuestionamiento del nacionalismo como macro narrativa. En Puerto Rico tenemos intelectuales que, partiendo desde este posicionamiento ideológico, abogan por un “post-nacionalismo”. Esto implica que nos olvidemos de tratar de reafirmar nuestra nacionalidad puertorriqueña puesto que esto, en muchas ocasiones, nos lleva a la discriminación, a la inequidad y a muchos otros males reaccionarios. En vez de pasar tanto tiempo abogando por el mantenimiento de una “comunidad imaginada”[i], deberíamos enfocarnos en trabajar para crear una sociedad más democrática y pluralista.

No puedo contarme entre aquell@s académic@s que buscan la simple eliminación del nacionalismo en todas sus variantes; mi preferencia por la independencia como status ideal para la resolución del problema colonial puertorriqueño me lo impide. Sin embargo, entiendo, y hasta comparto, algunos de los planteamientos que presentan l@s teóric@s postmodern@s en cuanto al nacionalismo. En ese sentido, me siento afín al escritor puertorriqueño Rafael Bernabe cuyo libro Manual para organizar velorios detalla un nacionalismo puertorriqueño firme y resistente a los efectos de la colonización estadounidense (y sus ideologías neoliberales y neoconservadoras), pero que a la vez se mantiene abierto a la tolerancia, a la búsqueda de la igualdad y a los valores progresistas a los que entiendo que deberíamos aspirar.

Un debate tan rico y tan complejo como este no se puede dar en el espacio limitado de una simple columna. Pero sí funciona para dar pie a una discusión sobre las distintas caras del nacionalismo. En esta serie, entonces, pretendo comenzar una discusión sobre los distintos tipos de nacionalismos que se dan en Puerto Rico y su asociación con el deporte. No creo que exista una variante ideal que represente el arquetipo de la nación independiente y progresista que debería ser nuestra Isla, pero a través de estos artículos me gustaría ir identificando cuáles de esas variantes deberían desaparecer o transformarse en el camino al nacimiento de un nacionalismo político saludable, inclusivo y tolerante.

Pendiente que el primer artículo de la serie sale pronto.

Nota: El hecho de que esto sea una serie no implica que saldrán en semanas consecutivas. Lo único que implica es que tienen una temática en común.


[i] Benedict Anderson, Imagined Communities.

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